Frente al Fracaso

No hay nada más aterrador en las sociedades posmodernas que el fracaso. Ante la explotación y gobiernos fascinados por la eficacia, fracasar es un declive de horror. Esto refleja cómo en nuestras individualidades competitivas se fragmenta la identidad madura, ya que el fracaso es la alternativa posible que nos da madurez. Entonces, ¿Por qué el miedo al fracaso es una incapacidad de nuestras facultades? En pocas palabras, es estar frente a la vida que no podemos controlar.

No es necesario perder, debido a que perder no es lo mismo que fracasar, sino la alternativa posible hacia la desilusión. Quitarle la máscara a los momentos que no fueron logrados y, por el contrario, fueron decepcionantes es vivir el fracaso. Duele, porque conlleva ponerse del lado de los vencidos y desilusionados, que se rinden ante el progreso y ven su rostro descarnado; por ello, ¿es degradante fracasar?

Ante un sistema que aplaude al ganador que logra todo lo que se propone y que ha conquistado la cumbre monetaria, siempre será degradante fracasar. Ese ganador, que es proactivo y emprendedor, que tiembla con la sombra del fracaso y del cual todos nos hemos alimentado es quien ha llevado al fracaso a esa degradación.

Si nos detenemos un poco, aceptar la caída es apto para la persona cansada y aburrida del mismo riesgo habitual de las sociedades eficaces. La franqueza del fracasado es que tiene las puertas abiertas a madurar y ve el mundo sin posibilidad de retorno, empatiza con sus iguales y no degenera al ganador, debido a que ha visto detrás de los reflectores y se encontró con la fragilidad de la cumbre.

Fracasar es saber que no estás solo, aunque en el primer momento se presente desolador, a su vez, no tiene nada de indigno; por el contrario, es la ofrenda del que luchó y no quiso ponerse del lado de las masas. Nos piden que logremos una meta hasta la muerte y, si se cumple, ¿qué sigue? En su mayoría, nada, estar frente al vacío, ya que la meta fue un cristal brevemente iluminado.

Samuel Beckett, el escritor del teatro del absurdo, dijo: “Lo intentaste, fracasaste. Inténtalo de nuevo. Fracasa, otra vez. Fracasa mejor”, lejos de parecer una frase optimista, muestra cómo fracasar es la puerta próxima del intento desmedido; la falta de aceptación de perder. Seguimos intentando, sin miedo, ya que, si fracasaste una vez, puedes volver a fracasar sin mayor consuelo.

Vemos a las minorías ricas y populares de las redes sociales teniendo éxito y creerse su ficción de amor propio. Después, cuando la madurez alcanza la lucidez interna, presenciamos la destrucción de esos ídolos que alguna vez materializaron ese suplicio. Como Ozymandias que alguna vez fue el rey de reyes y todo su reino se deshizo en la arena.

La auténtica metáfora de la vida es fracasar y saber que hasta nuestros huesos caen. Nos han dicho que debemos ser ganadores y, como niños, hemos llorado por no ganar, pero cuando el juego se acaba, no hay nada más consolador que abrazar el fracaso de vivir. ¿No es preferible aceptar que no hay una escalera hacia la cumbre? Que es digno perder y sentarse para no volver a subir. Si solo somos ganadores, nuestras fortalezas caen, ya que, nos fragmentamos en espacios sin conexión, sin tristeza, y son estas las que nos dan sabiduría para el buen vivir.

A su vez, fracasar no solamente es perder, sino encontrar los desafíos que conllevan el cambio. Si nada fracasa, nada cambia; hay un exceso de luz que ciega. Ganar solo genera éxtasis momentáneo y la pretensión de gloria; sin embargo, no hay luces que duren eternamente.

La sabiduría está en el fondo amargo del fracaso; a pesar del dolor y la tristeza, es lo que hace de cualquiera fuerte y más amable que quien le rodea. Es cuando la barrera del resentimiento cae, que llega la aceptación y da la oportunidad de continuar, como lo que siempre hemos sido: personas no diferentes unas de otras.

Sea cualquier trabajo o empresa que decidamos emprender, aceptemos el abismo próximo sin retorno del fracaso, que nos acompaña como la muerte. No obstante, lanza la moneda y no desvíes la mirada, porque el abismo no solamente te mira, sino que te transforma en quien realmente eres.

Texto: Osvaldo Jiménez

Imagen: Especial IA

Texto: Osvaldo Jiménez

Imagen: Especial IA

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