“¡Andy, Vengan!”, Justo Antes de la Ráfaga

“¡Andy, vengan!”, fue el grito inquietante de una madre al escuchar una ráfaga de balas.

Es un grito que se puede escuchar sin problema en cualquier lado del mundo y ese es uno de los principales obstáculos para la libertad, que se puede escuchar sin problema, que se siente casi imposible que exista un lugar en el mundo donde no haya resonado el estruendo de una bala.

En distintos momentos de la historia, el albedrío de México ardió en el calor del plomo que se desprendió del cuerpo de quienes no encontraron una salida que no implicara un conflicto armado. Esto mostró una acción segura, a golpes se resuelven las cosas y a balazos se definen.

¿Cuándo se siente esto como un problema? Cuando la galería de la ciudad se rodea de esas balas. Cuando estás lo suficientemente cerca de hojas perforadas y en los audífonos resuena el grito inquietante de una madre: “¡Andy, vengan!”, seguido de ráfagas que se sienten interminables y que están sincronizadas con cada hueco rodeado de ceniza que se plantó en el papel.

Cuando la violencia vulnera la sensibilidad del arte, al espectador le crea una reflexión distinta a la que puede tener cuando escucha los noticieros todos los días, porque en una acción tan normal y cotidiana se pierde el contenido; porque día con día se pierde el asombro de la barbarie, porque durante siglos de historia se volvió algo normal dejar de ver al prójimo como alguien a quien se debe respetar, propiciando faltas de respeto que muchas veces escalan a niveles caóticos que causan tensiones en el mundo, silencios profundos que con cautela manejan una libertad encerrada, una libertad secuestrada.

Al final, la violencia no sólo hiere cuerpos, también perfora memorias, espacios y sensibilidades. Cuando el arte logra devolverle rostro y sonido a aquello que la rutina convirtió en costumbre, obliga al espectador a mirar de frente una realidad que muchas veces prefiere ignorar. Cada bala plasmada en el papel y cada grito que resuena en la sala recuerdan que la libertad no desaparece de golpe, sino lentamente, entre el miedo, la indiferencia y la normalización de la brutalidad. Y quizá ahí reside la función más poderosa del arte, impedir que el dolor ajeno se vuelva paisaje y recordarnos que mientras exista violencia, ninguna libertad estará completamente a salvo.

Texto: María Clara González Estrada; LCI; 8vo Semestre

Foto: Especial / Manipulación Digital

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