El Principito de Antoine De Saint-Exupéry es una historia que evoca la añoranza por la niñez. Parece contener una frustración derivada del abandono a aquello que nos hace niños (soñar, imaginar y reír), e incluso, a simple vista, parece un reproche a los adultos por ser adultos. Sin embargo, el relato no se limita a simplemente condenar a los mayores por crecer y convertirse en esclavos de sus propias construcciones sociales.

María Arreola y el proyecto escénico Tornasol Teatro crean una propuesta que engancha y recrea la sincera y tierna dedicatoria de Saint-Exupéry a los niños que antaño fueron, los hoy adultos.

Tornasol Teatro engancha por su enfoque poético y narrativo, como ellos mismos se describen son un proyecto que “apuesta por contar historias desde lo esencial”, sin una escenografía demasiado elaborada, marionetas, dibujos y caracterizaciones sencillas logran generar con su narración, proyección de voz, música y movimientos, una atmósfera ligera, animada y alentadora que revive las enseñanzas de El Principito.

El Principito nos recuerda lo que realmente importa, lo que realmente nos llena, los vínculos, la curiosidad, los sueños y las acciones que construyen caminos para uno y para los otros. La puesta en escena de Tornasol logra capturar la esencia de la novela, que si bien, la obra se burla de las incongruencias de la adultez, busca reavivar la maravilla de soñar y cuestionar cual niño.

Una puesta en escena de no más de una hora, amena tanto para niños como adultos y con el entusiasmo de las interpretaciones del equipo Tornasol que hacen que el proyecto logre su cometido de contar historias a través de su belleza, pues, “lo esencial es invisible para los ojos”.

