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¿Hasta dónde puede llegar la pasión hidrocálida?

Por Joseph Plascencia

Hay cosas que no deberían tener cabida en un estadio de fútbol, sin importar el equipo, la competición o el resultado. El racismo, los cánticos discriminatorios y las conductas que atentan contra el respeto hacia los demás son algunas de ellas. Sin embargo, en una noche que representaba una oportunidad para Aguascalientes, hubo comportamientos que merecen mucho más que una simple crítica.

La afición hidrocálida respondió a la convocatoria para el encuentro entre México y Jamaica. Eso no está en discusión. Pero haber asistido, llenar las tribunas o portar los colores de la Selección Mexicana no convierte automáticamente a nadie en un buen aficionado, porque el fútbol también se juzga desde las gradas, y lo que ahí se expresa habla de la cultura deportiva que estamos construyendo.

Estuve presente en el encuentro y fui testigo de algo especialmente preocupante: los gritos racistas que se escucharon durante el partido. No podemos normalizarlos como si fueran una parte inevitable del espectáculo, ni justificarlos bajo el argumento de que así se vive el fútbol en México. La pasión no necesita del racismo para hacerse escuchar, y apoyar a una selección no le da a nadie permiso para denigrar a los demás.

Pero hubo otro aspecto que también merece cuestionarse: el intento de replicar ciertas porras del fútbol varonil, como el conocido grito de “¡Eeeeeeh, p*to!”, adaptándolo al contexto de las mujeres. ¿Qué necesidad hay de trasladar al fútbol femenil expresiones discriminatorias que durante años han sido cuestionadas? Si la llegada de la Selección Mexicana Femenil representa una oportunidad para ampliar nuestra cultura futbolística, ¿por qué insistir en reproducir aquello que debería hacernos reflexionar?

A esto se suma lo ocurrido con Montse Saldívar, quien se encontraba dando autógrafos cuando le arrojaron una camisa que terminó golpeándola en el rostro, lo que provocó que se retirara del lugar. ¿En qué momento se confundió el entusiasmo de un aficionado con el derecho a invadir el espacio de una futbolista? Pedir una firma o una fotografía forma parte de la convivencia con las deportistas; arrojarles objetos y hacerlas sentir incómodas rebasa los límites del respeto. Las futbolistas no dejan de ser personas por convertirse en figuras públicas, ni tienen la obligación de tolerar cualquier comportamiento de quienes se acercan a ellas.

Tampoco sería justo señalar a toda la afición de Aguascalientes por las acciones de determinadas personas. Sin embargo, reconocer que muchos acudieron con entusiasmo y respeto no significa guardar silencio ante estos episodios. El problema no es que la afición quiera hacer ambiente; al contrario, el fútbol necesita gradas vivas, gente que cante y que aliente. El problema aparece cuando confundimos la pasión con el derecho a insultar y normalizamos conductas discriminatorias.

Aguascalientes tuvo la oportunidad de recibir a la Selección Mexicana Femenil y demostrar su capacidad para vivir una gran fiesta deportiva. La asistencia merece reconocimiento, pero la manera de comportarse también cuenta. No basta con presumir cuántas personas acudieron al estadio si ignoramos lo que ocurre en las tribunas y en los espacios destinados a convivir con las jugadoras.

La crítica no busca apagar la fiesta ni condenar a toda una ciudad. Busca entender que el ambiente no se mide únicamente por los decibeles de una tribuna, sino también por el respeto que somos capaces de ofrecer, porque llenar un estadio es responder a una convocatoria, pero respetar al rival, rechazar la discriminación y tratar dignamente a las futbolistas demuestra algo mucho más importante.

Aguascalientes puede presumir su pasión por el fútbol, pero esa pasión debe estar a la altura de los valores que queremos representar, porque las gradas no están exentas de crítica: ahí también se demuestra qué clase de afición somos.

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