Sin armas, guardias protegen Cerro del Muerto y Sierra Fría

Desde la espesura de la vegetación, individuos velan por la seguridad de las sierras y zonas silvestres. Para proteger a los árboles y la flora y fauna que habitan entre ellos, están los guardias forestales.

Actualmente, las áreas naturales del mundo están siendo consumidas a una velocidad impresionante. Maravillosos escenarios que hoy presenciamos, pronto quedaran confinados solo a fotografías.

En Aguascalientes aún podemos disfrutar nuestros paisajes y, más importante, aún podemos protegerlos. Eso es gracias, esencialmente, al trabajo de los guardias forestales, o guardabosques.

El programa inició en 1975, dentro del Programa Federal de Inspección y Vigilancia Forestal y de Fauna Silvestre. Desde entonces se ha contado con un grupo de guardabosques hidrocálidos, conformado de técnicos y profesionales, así como por voluntarios.

El área protegida Sierra Fría abarca una superficie de 107,040 hectáreas de los municipios de San José de Gracia, Calvillo, Rincón de Romos, Jesús María y Pabellón de Arteaga.

También el macizo montañoso del cerro del Muerto, con una extensión entre 5,000 y 6,000 hectáreas y que forma parte de la sierra del Laurel, un ramal de la Sierra Madre Occidental, es un área protegida.

El profesor Daniel Chapa, quien se encarga de las Áreas Naturales Protegidas en la Secretaría de Medio Ambiente (Semae), me cuenta acerca de las principales funciones de los guardias: apoyo en búsqueda de personas extraviadas, supervisión de campamentos, prevención, detección, control y aviso a las autoridades federales sobre actividades de caza furtiva y tala clandestina.

Existen dos tipos de vigilancia. La fija, que opera mediante  casetas de revisión y control, y que se ubican en los 2 principales accesos vigilancia. Y la móvil, consistente en patrullajes en vehículo y a pie, y en una de las cuales el guardia Javier Martínez me permite acompañarlo al Cerro del Muerto y la sierra de la que forma parte.

A las 8:12 de la mañana salimos de la secretaría en uno de los vehículos. Daremos un recorrido en la camioneta y también a pie. Javier, un hombre de edad madura y con una gran sensibilidad y afecto por la naturaleza, me cuenta algunas anécdotas bastante curiosas durante el recorrido.

“No me lo va a creer”, me dice riendo, “un día se nos prendió ahí en el cerro. Recuerdo que mi compañero y yo apenas íbamos a cenar.  Lo más extraño que se nos hizo fue que no había gente. Una fogata, o una colilla de cigarro no pudo haber sido. No había nadie. Es que a veces nos pasan cosas que, dice uno, fuera de lo normal. Pero no siempre nos creen, como cuando las reportamos”.

También me habla un poco sobre las leyendas de supuestos túneles que ocultos en la zona, aunque dice que lo único que ha visto son las cuevas.

“Incluso, hace como ocho años, se encontró a una persona que debió extraviarse hacía mucho. Solo estaba el esqueleto”, recuerda.

Alrededor de 40 minutos después, llegamos a la caseta del Picacho. Ahí, los guardabosques gozan de una gran vista que les permite vigilar toda la zona. La fauna predominante en el lugar son los deportistas, especialmente por la mañana.

Luego iniciamos otro recorrido en el vehículo, alejándonos de la zona turística y adentrándonos en la sierra. Atravesamos varias comunidades pequeñas, cuyos hogares se adaptan a la forma de las montañas.

Javier lleva cinco años comisionado al Cerro del Muerto y 15 como guardia forestal. Ese ha sido tiempo suficiente para conocer la sierra como nadie. En cada pueblo que atravesamos, la gente lo reconoce y lo saluda. A medida que nos adentramos a la sierra y las comunidades se vuelven más pequeñas y escasas. La vista de Javier se agudiza. Mira hacia todos lados, vigilando las montañas por si capta algo extraño entre ellas.

Aparcamos en la base de un cerro y nos preparamos para caminar. Me dice que solo de esta forma podemos ver lo que realmente sucede, puesto que desde los caminos no se ve mucho.

Brincamos un portón y, apenas iniciamos la caminata, encontramos señales de tala de árboles. Hay pequeños montículos de madera rojiza bien escondidos, por los que seguramente volverán pronto, sospecha el experimentado guardia.

Conforme caminamos, atravesamos alambradas y llegamos a ver un poco de la fauna que la vegetación esconde. Algunas liebres, ardillas, y águilas. Javier se detiene brevemente y me señala algo a sus pies.

“Mire: -dice, apuntando a unas pequeñas y apenas visibles huellas en la tierra- de venado”.

Me cuenta que, hasta hace algunos años los venados, y los jabalíes eran muy comunes, pero la caza furtiva ha mermado la población de estas especies y hecho que los sobrevivientes huyan y se escondan bastante bien.

Al llegar a una colina que nos ofrece una vista espectacular, por primera vez me doy cuenta del silencio abrumador que nos rodea. Ni personas ni autos. Lo único que percibo es el viento entre las ramas y ululares lejanos de aves que habitan el lugar.

“A veces hacemos caminatas de hasta seis horas”, indica Javier y señalando el impresionante panorama frente a nosotros.

“Y hasta nos han dicho que nuestro trabajo no es peligroso. ¿Usted cree que no lo es , señorita?. Imagínese, por ejemplo, cuando nos enfrentamos a los cazadores furtivos”, reclama.

Le pregunto si alguna vez portaron armas y me dice que sí.

“Pero nos la quitaron hará unos dos años… porque nuestra labor no es peligrosa”, repite con tono de hartazgo.

Los cazadores suelen portar varias armas cada uno y no siempre puede asegurarse que no sean peligrosos. Los pobladores de las comunidades aledañas muchas veces son sus guías porque saben a qué hora hacen rondas los guardias y hasta en qué momento bajan los venados a beber agua a los estanques.

Emprendemos el camino de regreso. Esta vez, más por carretera que por los pueblos. Volvemos por la tarde y llegamos rápido a la ciudad.  Yo me dispongo a quitar las espinas de mis zapatos y él vuelve a su vigilancia silenciosa.

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