La película dirigida por Ripstein es la historia de Gabriel Lima (Claudio Brook) quien desde hace 18 años evita el contacto de su esposa Beatriz (Rita Macedo), y de sus tres hijos –Porvenir (Arturo Beristáin), Utopía (Diana Bracho) y Voluntad (Gladys Bermejo)– con el exterior o con la sociedad, argumentando que ésta está corrompida.
Todo el film es un recorrido al mundillo que Gabriel Lima construyó para su familia de abnegados, casi como esperando que en algún punto den un golpe en su contra. Que le devuelvan ese juicio hipócrita de vuelta a la boca.
Desde el inicio se nos presentan reglas y conductas que se siguen cual religión. Obedeciendo el régimen de un solo sujeto, ese que los toma del hombro y les llama familia. Pero esa fortaleza, ese espacio tan puro, no le queda otro adjetivo que el de frágil. Cuando así, sin más, y como uno se espera, empiezan a entrar esas similitudes con la sucia sociedad, que tiñen de impotencia el juicio de Gabriel: No puede justificar el aislamiento.
Gabriel es el único que puede salir, con el pretexto de dar sustento, vendiendo el raticida que fabrican sus hijos en las tiendas de la ciudad. Aquí es donde se ve un poco más a fondo su visión dualista del mundo que creó, y en el que vive: Considera a las personas como ratas, reproduciéndose sin medida y dejando suciedad en todos lados, a su vez que depende de ellas para sobrevivir.
Es un film que explora a fondo a sus personajes, sus inquietudes, y su relación en ese entorno simulado. Ripstein maneja a la perfección el espacio. Cada elemento funciona para evolucionar en relación a la historia. Una historia tan bizarra que no queda en duda que está basada en hechos reales.
