Era la penúltima jornada de la Liga MX Femenil y las Centellas llegaban con la obligación de despedirse de su gente con una victoria. Su último baile en casa de la temporada regular exigía orgullo, pero el destino y el fútbol vertical de las Xolas tenían preparado algo muy distinto.
Desde el calentamiento, en el ambiente del Victoria se sentía el nerviosismo por parte de las jugadoras al enfrentar a un buen rival; también por mi parte, ya que se avistaba la lluvia y no sabía si mi cámara lo toleraría. Sin embargo, quienes asistieron mantenían esa chispa de esperanza, confiando en que el equipo femenil replicara esa solidez que muy a veces asoma en Aguascalientes y esperando que el Domingo de Resurrección también las resucitara a ellas. Sin embargo, apenas rodó el balón, las posturas del esquema local empezaron a tensarse.
Tijuana no vino a especular. Desde los primeros minutos, las fronterizas impusieron una presión alta que asfixió la salida de Necaxa, evidenciando una desconexión entre la línea defensiva y el medio campo. Mientras las Centellas intentaban generar jugadas con más voluntad que orden, las Xolas respondían con transiciones un poco más inteligentes, mientras la lluvia empezaba a ser testigo del partido.
Para la causa hidrocálida, el primero cayó por un cabezazo de Kader Hancar. Necaxa no supo cómo responder; trataba de llegar con jugadas que no sobrepasaban los tres cuartos de cancha, mientras que Xolos se cansaba de fallar, ya que sus delanteras tuvieron muchísimas oportunidades para ampliar el marcador.
El segundo tiempo comenzó y, a partir de allí, se desató la lluvia; también la lluvia de goles no tardó en caer, pero lamentablemente para la causa local, todos caían en el arco propio. Necaxa se perdió en el campo: ninguna de las jugadoras parecía tener una idea clara de juego. Se limitaron a encerrarse en su área y esperar el ataque, mientras cada error en la entrega era facturado de inmediato por la ofensiva de Tijuana.
Ya cuesta arriba, la afición intentó empujar. Se escucharon los gritos de aliento buscando una reacción donde el corazón supliera las carencias técnicas. Necaxa ajustó, adelantó líneas y por momentos logró meterse al territorio rival; en una de esas jugadas, Natalie Roque logró meter una bala cruzada desde fuera del área hasta el ángulo contrario, significando el único gol por parte de las electricistas.
El tiempo se fue consumiendo entre intentos aislados y una defensa visitante que, cómoda con la ventaja, se limitó a gestionar el reloj. No hubo milagro ni cabezazo salvador en el último minuto. Al sonar el silbatazo final, el ambiente no fue de reproche airado, sino de una silenciosa
resignación a la que las Centellas ya están acostumbradas. No hubo un drama excesivo ni un dolor intenso: solo fue una goleada más.
Sin embargo, al término del partido, algunas jugadoras tanto de Xolos como de Centellas firmaron autógrafos y se tomaron fotos con los aficionados. No pidieron disculpas ni dieron explicaciones; solo firmaron y posaron.
Fue un partido que resumió la realidad de Centellas: un equipo que desde su creación no parece jugar a algo claro, un director técnico al que le tienen mucha paciencia pese a los múltiples torneos malos que ya suma y, sobre todo, una cantera que, aunque ha mostrado buenas cosas, no puede lucirse en este conjunto. En el partido solo se vio una fragilidad defensiva que terminó por sepultar las ilusiones de cerrar el torneo local con una sonrisa. Los puntos se van a la frontera, dejando a Aguascalientes con la tarea urgente de replantear la estructura para que, en la próxima campaña, la lluvia de goles sea, por fin, a favor… aunque ya sepamos que eso jamás pasará.
Texto, fotos y video: Diego Meza; LCI; 4to Semestre.
