Por Joseph Plascencia 1er semestre de Comunicación e Información Foto: Abraham Medina
Era 20 de octubre. El segundo día de las Jornadas de Comunicación y, aunque todo parecía indicar que sería un día más de conferencias y actividades, para mí había algo diferente. Mientras trabajaba, editaba fotografías y escribía notas sobre el fútbol amateur de Aguascalientes, una emoción difícil de explicar comenzaba a invadirme. Por una vez, no sería yo quien contara una historia: sería un protagonista más dentro de ella.
Semanas atrás, compañeros de otros semestres nos habían invitado a formar parte del equipo de fútbol de LCI, la Licenciatura en Comunicación e Información. Para mis amigos y para mí era una experiencia nueva, aunque detrás de aquel encuentro había una historia que ya tenía nombre: el Pre-Clásico contra LCCE, nuestra carrera hermana y acérrima rival. Desde entonces comenzamos a entrenar, entre bromas, cánticos y la ilusión de hacer historia juntos.
Al terminar mi trabajo, recorrí las calles del centro de Aguascalientes en busca de unas medias antideslizantes. Mi cabeza estaba en otro lugar: imaginaba lo que sería vivir el partido desde dentro de la cancha.
A las tres de la tarde llegué a la universidad con los tachones, las espinilleras, las medias y tres playeras. Dos eran rojas; la otra, una jersey del AC Milan de 2006 con el dorsal de Paolo Maldini, Il Capitano. Todavía no sabía cuánto significaría aquella camiseta unas horas después.
Tras la primera conferencia, mis compañeros y yo salimos del auditorio. Algunos pudieron pensar que se trataba de desinterés, pero la realidad era otra: la emoción nos impedía permanecer sentados. Mirábamos el reloj una y otra vez, esperando que llegara la hora del partido. Cuando por fin emprendimos el camino hacia el estadio, encendimos la bocina y la música acompañó nuestro recorrido.
Al entrar, sonaba La cumbia de los trapos. «Al equipo que tiene más aguante lo llevo dentro del corazón», decía uno de sus versos. Ahí sentí algo que no había sabido explicar hasta ese momento: un amor por LCI parecido al que uno siente por el equipo de su infancia, ese que su padre le inculcó y que termina formando parte de su historia. Por un instante fue como si toda la vida hubiera sido de LCI.
En el vestidor, el rojo estaba por todas partes. Mau, Nich, David, Oliver, Francesco, Lied, Gadiel, Francisco, Joaquín (nuestro director técnico) y yo compartíamos la misma ilusión. Mientras cantábamos, Joaquín anunció la alineación. Escuché los nombres, pero el mío no apareció. Me ganó la tristeza: creía que sería titular. Cuando le pregunté, me respondió que quería ver primero cómo jugaban los demás y que, si era necesario, entraría después. Acepté la decisión pensando en el equipo.
Más tarde, tras la victoria de nuestras compañeras en la rama femenil, se anunció que jugaríamos nueve contra nueve. Mis posibilidades cambiaron y finalmente me confirmaron como titular en la contención, una posición distinta de la defensa central en la que solía jugar.
Antes de salir, Joaquín nombró capitán a Santi. Nos reunimos, escuchamos sus palabras y yo también quise decir algo. Terminamos con el grito de siempre: «¡Uno, dos, tres, LCI!».
El partido comenzó mal. Estábamos desconectados, nerviosos y mal posicionados. Santi gritaba para ordenar al equipo, mientras Mau se convertía en una muralla bajo los tres palos. Aun así, tras un tiro de esquina y una distracción defensiva, LCCE abrió el marcador.
En medio de la desesperación, Santi se acercó y me dijo:
—Yo no sé cómo, pero te paso la capitanía a ti.
—No, te pusieron a ti y la aguantas —le respondí.
Aquella conversación me hizo entender que, aunque no llevara el brazalete, también tenía una responsabilidad hacia mis compañeros.
Poco después, Francesco consiguió el empate y lo celebró con su famoso six-seven. Los ánimos cambiaron y, mientras seguíamos jugando, me asaltó la nostalgia de las tardes de entrenamiento. Mau nos salvaba con sus atajadas; Santi perseguía cada balón; Nich lo dejaba todo pese a una lesión reciente, y Gadiel, Lied, Francesco y Oliver intentaban los regates que tantas veces habíamos visto en las prácticas. Fue entonces cuando comprendí que ya no los veía solo como compañeros de equipo, sino como una familia.
Pero el fútbol no tardó en devolvernos a la realidad. Un penal polémico permitió que LCCE recuperara la ventaja y, antes del medio tiempo, anotaron otro gol. Nos fuimos al descanso perdiendo 3-1.
A pesar del marcador, sentía que estaba cumpliendo. Para la segunda parte, Joaquín hizo cambios y terminé jugando de defensa central, mi posición habitual. Me puse la camiseta del Milan de Paolo Maldini y volví a la cancha decidido a aportar. El equipo mejoró y, en una jugada rival, conseguí desviar un disparo que, según Mau, iba directo a gol. Por primera vez en aquella tarde, sentí que había hecho algo verdaderamente importante por el equipo.
Entonces Oliver anotó el descuento. El marcador quedó 3-2 y nos faltaba un gol para empatar. Salté para celebrar, pero mi pierna no resistió el esfuerzo: un tirón muscular, seguido de un calambre, me obligó a tirarme al suelo.
Intenté levantarme convencido de que podía continuar. El dolor volvió en cuanto apoyé la pierna. Mis compañeros se acercaron a animarme, pero tuve que aceptar que mi participación había terminado. Por mi cabeza solo pasaba una frase: «El fútbol es como un amor tóxico: duele, pero cuesta dejarlo».
Escuché palabras de aliento, entre ellas las de Dante, quien me dijo que era un ching*n. Aunque seguía adolorido, me levanté para apoyar desde la banda. No podía seguir jugando, pero todavía podía estar con ellos.
El equipo lo dio todo hasta el final. Luego llegó un penal a nuestro favor. Emir tomó el balón, pero Francesco se acercó y pidió cobrarlo. Todos sabíamos que era nuestra oportunidad de empatar. El árbitro silbó, Francesco disparó y el balón terminó en las manos del guardameta.
La frustración fue inevitable, pero no había nada que reprocharle: había hecho un partidazo, como tantos otros compañeros que lo dieron todo en la cancha. Tras los últimos intentos, llegó el silbatazo final.
LCCE 3-2 LCI.
La porra nunca dejó de alentarnos. Habíamos perdido, pero nadie podía decir que nos habíamos rendido. Y entonces me quebré en llanto.
No lloraba simplemente por la derrota ni por el penal fallado. Lloraba porque, una vez más, aquel deporte que tanto amaba me había jugado en contra. Había querido seguir defendiendo, correr y ayudar a mis compañeros hasta el último minuto, pero mi cuerpo me obligó a detenerme justo cuando todavía sentía que podía aportar.
Aquel martes entendí que el fútbol no era solo un partido, un marcador o una camiseta. Era la ilusión de jugar, las horas de entrenamiento, las bromas en el vestidor y el cariño por un equipo del que ya me sentía parte.
Perdimos el Pre-Clásico, pero me llevé algo que el resultado no podía quitarme: la certeza de haber formado parte de una historia junto a personas que ya significaban mucho para mí.
Había querido jugar hasta el último minuto. Y aunque el fútbol no me lo permitió, aquella noche supe cuánto significaba para mí haber estado ahí.
