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Mirar de nuevo: el asombro como forma de leer

Por Ivana Fragoso

Hay algo extraño en volver a mirar aquello que alguna vez nos pareció extraordinario. Una luna que parecía perseguirnos mientras viajábamos en automóvil, una flor que podía tener sentimientos, un árbol que parecía guardar algo que no sabíamos nombrar. Con el tiempo, muchas de esas cosas dejan de parecernos misteriosas: aprendemos sus explicaciones, sus nombres y sus causas. Sin embargo, Asombro, de Berenice López Romero, parte precisamente de la posibilidad de volver a mirar aquello que creíamos conocer.

La presentación del libro define el asombro como una experiencia doble: primero aparece durante la infancia, cuando el encuentro con el mundo produce admiración, y después puede regresar en la adultez mediante el recuerdo de aquella primera manera de mirar. Desde esta perspectiva, Asombro no se dirige únicamente a las infancias. Su propuesta consiste en recuperar una sensibilidad que, según plantea la propia obra, puede perderse al crecer. La contraportada incluso juega con esta idea al advertir que “este no es un libro para niños”, sino un artefacto para “asomarse al mundo con ojos nuevos”, sin importar la edad del lector.

Esta intención atraviesa los diferentes textos que componen el libro. La naturaleza ocupa un lugar central: aparecen árboles, flores, montañas, el mar, el fuego y la Luna, además de las distintas fases lunares reunidas en el capítulo “Lunación”. Sin embargo, estos elementos no se presentan únicamente como objetos por describir. El libro los contempla desde una sensibilidad cercana a la imaginación infantil, en la que las cosas pueden adquirir emociones, voluntad o incluso una relación particular con quien las observa.

El libro está ilustrado por Kenia Bermejo, Alfredo Ornelas, Zethli Gutiérrez y Estefanía Chávez, alumnos de cuarto semestre de diseño gráfico que ganaron un concurso en el que compitieron con sus compañeros de salón y todo el grupo trabajó un semestre el proyecto en tres materias.

En textos como “El árbol”, “La flor” y “Marea”, esta mirada produce una sensación de gentileza especial. No se trata de acontecimientos extraordinarios, sino de momentos de contemplación que encuentran su fuerza en la tranquilidad con la que están construidos. Algo parecido ocurre con la Luna: su presencia puede convertirse en la de un acompañante que sigue al niño. Esta imagen resulta particularmente cercana a la experiencia infantil porque transforma un fenómeno cotidiano en una posibilidad imaginativa. La Luna deja de ser únicamente un cuerpo celeste y se convierte, por un instante, en alguien que observa y acompaña.

Pero Asombro no se limita a enseñar a mirar el mundo: también enseña a mirar las palabras.

Una de las características más interesantes del libro es el uso de la tipografía como parte del significado. En “Las montañas”, por ejemplo, las palabras relacionadas con el viento adoptan una disposición que recuerda visualmente aquello que el texto describe: las letras parecen despeinarse. En otros poemas, algunas letras se transforman en imágenes. Las “o” de palabras como veo, espío o miro adquieren la apariencia de ojos, mientras que la “o” de hoyo se convierte visualmente en aquello que nombra. Así, la palabra deja de ser únicamente un conjunto de signos que debe leerse y se transforma también en un objeto que debe observarse.

Este recurso resulta especialmente coherente con la propuesta general del libro. Si Asombro busca que el lector mire el mundo con ojos nuevos, también necesita lograr que mire de otra manera lo que tiene frente a sí en cada página. La tipografía obliga a detenerse: una palabra puede significar algo por su contenido y, al mismo tiempo, producir otro significado mediante su forma.

Esta exploración del lenguaje se vuelve más evidente en el capítulo “Lección”. En “Métrica”, las sílabas de la palabra aparecen separadas y el poema invita a cantarlas y contarlas, convirtiendo un concepto relacionado con el lenguaje en una experiencia rítmica. En “Recuento”, las palabras se presentan como algo capaz de “gotear” y “escurrirse en ideas”. El componente didáctico se integra, entonces, al juego poético: aprender sobre el lenguaje no implica necesariamente abandonar la imaginación.

No obstante, precisamente aquí aparece una de las tensiones más interesantes de la obra. Asombro se mueve constantemente entre la contemplación poética y la intención de acercarse al aprendizaje. En algunos momentos predominan la naturaleza, la emoción y la imaginación; en otros, el libro llama la atención sobre las palabras, las sílabas, las letras y sus posibilidades gráficas. Esta combinación no siempre produce la misma sensación, pero contribuye a que el libro pueda leerse tanto desde una perspectiva infantil como desde una mirada adulta.

“Mi libro se quedó mudo.
Volveré a leerlo
para que vuelva a hablar”.
Verso exacto de “Lectura” (López Romero, 2026, p. 43).

El cierre, “Punto”, resulta especialmente desconcertante dentro de este recorrido. Después de atravesar la naturaleza, las emociones, la Luna y los juegos con el lenguaje, el libro termina con lo que su título anuncia: unas líneas que se borran hasta dejar únicamente un punto. El desenlace rompe con la sensación de continuidad que podría esperarse y puede resultar incluso anticlimático. Sin embargo, también puede leerse como una última transformación del lenguaje: después de haber jugado con palabras, letras y formas, queda solamente el signo mínimo. La escritura desaparece y permanece una imagen.

Este final deja abierta una pregunta que recorre todo el libro: ¿qué es necesario mirar para experimentar asombro? La respuesta de Asombro parece estar menos relacionada con encontrar cosas extraordinarias que con aprender a observar de otra manera las que ya conocemos. Una flor puede tener sentimientos; la Luna puede perseguirnos; el viento puede despeinar palabras; una letra puede convertirse en un ojo. El mundo no necesariamente ha cambiado: ha cambiado la forma de mirarlo.

En este sentido, Asombro consigue que su propio lector participe de aquello que pretende representar. No solamente habla del asombro infantil, sino que intenta provocarlo mediante sus imágenes, sus palabras y sus juegos visuales. El infante puede encontrar en sus páginas una forma de nombrar aquello que todavía descubre, mientras que el adulto puede reconocer en ellas experiencias que alguna vez consideró naturales y que ahora observa desde la distancia del recuerdo.

Quizá por eso la palabra que aparece en la contraportada resulta tan significativa: mirón. No importa tanto la edad de quien sostiene el libro, sino su disposición para detenerse y mirar. Asombro propone, en última instancia, recuperar esa pausa: volver a observar un objeto cotidiano al que no prestamos atención, o incluso una palabra, como si todavía hubiera algo por descubrir.

A veces crecer no significa dejar de asombrarse. Posiblemente significa aprender a mirar de nuevo.

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